Hay personas que encajan con naturalidad en la vida que tienen.
Siento que yo no.
No porque sea mejor, ni más ambiciosa, ni más consciente. Simplemente porque algo dentro de mí se resiste a conformarse. A repetir días iguales, a vivir esperando el viernes, a sentir que mi energía se diluye entre horarios y rutinas que aunque agradezco profundamente con mi corazón, no terminan de llenarme.
Desde siempre he querido crear. Hacer. Probar caminos paralelos. Apostar por proyectos que alimenten el alma, aunque no siempre el bolsillo. Y aun así, a mis 35 años, la palabra que últimamente siento que me acompaña es “fracaso”. No uno, sino varios. Repetidos. Silenciosos. De esos que no siempre se ven, pero se sienten y llega el día en que se llena la copa y duelen.
A veces pienso que el universo insiste en devolverme al mismo lugar: el de la chica funcional, responsable, #LaChica8a5. Y no es una crítica. Conozco personas felices ahí, plenas, estables. Personas con vidas que funcionan de manera maravillosa. La mía, en cambio, parece estar siempre en construcción… o en ruinas o en lo que he pensado últimamente: la mediocridad.
Lo curioso es que, incluso cuando algo no resulta, hay una voz interna que no se calla. Me dice que siga. Que no pare. Que insista. Que, en algún punto, todo va a empezar a dar frutos. Pero el tiempo pasa, el esfuerzo se acumula y los resultados no llegan. Y entonces me canso. Me frustro. Me saboteo. Y vuelvo al inicio, con más dudas que antes.
Ese patrón no vive solo en mis proyectos. También aparece en mi cuerpo, en mis intentos de cuidarme mejor, de sostener hábitos, de tratarme con más amabilidad. Todo fluye por un tiempo… hasta que "deja de salir agua", todo se seca y parece desierto.
Hace poco, en una sesión terapéutica, escuché algo que me dejó pensando: la dispersión, la dificultad para sostener procesos, a veces está ligada a la ausencia de una figura paterna. A esa energía masculina que empuja, que persevera, que sostiene incluso cuando no hay resultados inmediatos. Me pregunté, sin decirlo en voz alta, si esa fuerza también se fue. Si además del abandono, perdí la capacidad de sostenerme y avanzar.
Lo peor es que no sé aún cómo recuperar eso.
Solo sé que sigo moviéndome entre el hacer y el no saber qué hacer. Entre el deseo profundo de cambiar y el miedo de volver a fallar o de ver que pasan los días, los años y yo sigo en el mismo lugar.
Lo que sí tengo claro es que rendirme no es una opción. Porque esta incomodidad no es un capricho. Es una necesidad. Algo que no se exactamente de dónde viene pero que lo siento en algún lugar de mi ser. La necesidad de sentir que mi vida tiene sentido, que vine al mundo a hacer algo más, a ayudar, a ser feliz y hacer a otros felices.
Tal vez no tenga aún las respuestas.
Pero sigo buscando.
Y, por ahora, creo que eso también cuenta.
¿Alguien por ahí sintiendo lo mismo?

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