Todavía hablo de esto y me duele... Han pasado ocho meses desde que mi bebé llegó a este plano físico (aunque para mí son 17), y no ha habido mes en el que no recuerde algún detalle sobre lo que les voy a contar a continuación.
Como saben, soy una mujer con sobrepeso. Inicié mi embarazo con más de 100 kilos, y aunque para el final había perdido un poco más de 12, mi gestación siempre fue de alto riesgo. No solo por mi peso sino por factores como el SOP (Síndrome de Ovario Poliquístico) del que padezco desde hace más de 10 años.
Cuando quedé embarazada, además de los pensamientos que la mayoría de madres podemos tener, yo sentía una angustia adicional: "estar embarazada con todo este peso a cuestas". ¿Qué iba a pasar con mi bebé? ¿Me podría morir? ¿Podría verlo en las ecografías? Puede sonar ridículo, pero cuando pesas lo que peso, nada de estos pensamientos son menores.
Con todos los miedos e inseguridades propios del embarazo, más mi peso, llegué a mis primeras consultas con obstetras y especialistas. Debo reconocer que en el camino encontré personas amables, otras que hacían bien su trabajo y otras que, aunque pueden tener el criterio médico, carecían totalmente de sentido humano; pareciera ser que eso es algo que no enseñan en muchas facultades.
Lo que voy a contar a continuación está enmarcado en el concepto de Violencia Obstétrica, término que, aunque conocí durante el embarazo, no interioricé sino tiempo después. En Colombia, a pesar de la existencia de la Ley 2244 de 2022, por medio de la cual "se reconocen los derechos de la mujer en embarazo, trabajo de parto, parto y posparto", hay muchos casos de mujeres víctimas de este tipo de violencia. Aunque no hay un consolidado de cifras a hoy, en 2016, la Universidad Industrial de Santander llevó a cabo un estudio en el que diversas mujeres testificaron las experiencias que vivieron. Por otro lado, se espera que próximamente el Movimiento Nacional por la Salud Sexual y Reproductiva de Colombia comparta los resultados de la 'Primera Encuesta Nacional de Parto y Nacimiento en Colombia'.
Hoy, después de tanto tiempo, quiero compartir mi historia para que mujeres en mi misma situación tengan un contexto, conozcan y ejerzan sus derechos.
Sin Palabras...
En las primeras semanas de embarazo, me derivaron a un programa especial en el que debía ser atendida por varios especialistas. Uno de ellos fue una psiquiatra, que por medio de una llamada telefónica de no más de 15 minutos, me dijo que ella no recomendaba continuar con el embarazo porque era seguro que, por mis antecedentes, iba a tener depresión postparto. Cuando me dijo eso, me sentí muy mal y me cuestioné cómo una persona que no me conoce, que ni siquiera me está viendo la cara, tiene el alcance para decirme eso. Nunca había tenido cita con ella previamente, así que su diagnóstico se lo sacó de la manga. Y, ocho meses después, no se ha manifestado.
Cuando finalizamos la llamada, sentí indignación pero también mucho miedo. En mi mente no podía dejar de pensar cómo una mujer que no me conocía podía dar un diagnóstico tan abrumador. ¿Qué iba a ser de mí? ¿Tendría que optar por no tener a mi hijo entonces? Con toda esa incertidumbre y miedo, seguí adelante con mi embarazo.
Así transcurrían las semanas entre controles, anhelos, miedo y expectativas. Una vez me enviaron con el endocrinólogo. Lo primero que hizo después de pedirme que me sentara en la camilla fue decirme: "yo a usted no la hubiera dejado embarazar". Quedé fría y, por supuesto, sin palabras. No supe qué decir en ese momento. Luego de unos minutos, le mostré mis resultados, ecografías y análisis en donde se veía que todo estaba bien y que había perdido peso, pero a él no le importó. Salí desarmada de ese consultorio.
El Saco Roto...
Estando en la semana 37, fui a una cita de control y justo tenía la tensión alta. La anestesióloga me remitió directamente a urgencias por protocolos de seguridad, y allá me dejaron. Pasó el obstetra de turno y me dijo textualmente: "usted es una bomba de tiempo, tiene que desembarazarse", sin tener en cuenta que una vez me hospitalizaron, la tensión se estabilizó. Sumado a eso, en la clínica que estaba, había estudiantes y empezaron a hablar de muchas enfermedades; yo pensaba que estaban hablando de mí, hasta que intervine para decir que no se me había notificado nada de eso, a lo que respondió que estaban repasando todos los posibles diagnósticos para una mujer "como yo".
Las horas transcurrían y, por supuesto, mi trabajo de parto no empezaba. Tiempo después entendí que mi bebé no estaba listo para nacer. Iniciaron todo el procedimiento con medicamentos, activación física y demás, pero yo no avanzaba. En parte, mi cuerpo tampoco estaba listo. Al administrarme todos los medicamentos, empecé a dilatar, cuando llegué a cuatro, me rompieron las membranas, para "agilizar". Sobre este punto me he cuestionado mucho. ¿Agilizar qué? ¿Para no ocupar tanto tiempo la habitación? ¿Para no generar tantos gastos a las entidades médicas? ¿Para no quitarle tiempo al personal? Cabe aclarar que durante todo este tiempo de monitoreo, mi bebé estuvo estable; sus signos estaban bien, etc.
Una vez rotas las membranas, dicen los profesionales que no se debe dejar pasar mucho tiempo para el nacimiento porque puede ocurrir una infección. Sin embargo, y aunque ese procedimiento era para agilizar, la dilatación nunca pasó de seis. Tiempo después, al recibir información y asesoría, entendí que el cóctel químico puede desencadenar que el cuerpo se pasme y el proceso natural del nacimiento también. La OMS afirma que la ruptura artificial de membranas no está justificada como procedimiento de rutina y además, una vez rotas las membranas, se puede realizar un periodo de observación de hasta 48 horas. En mi caso, ese procedimiento me lo hicieron a las ocho de la mañana y a las tres de la tarde me estaban diciendo que me tenían que hacer cesárea.
El Cuarto Frío...
Cuando me dijeron que debían hacerme la cesárea, me sentí terrible. Fue un momento en el que me desmoroné completamente. Sentí un dolor profundo y un sentimiento de culpa, que todavía me acompaña. Fracasé como mujer, fue lo primero que pensé. No puede ser que ni siquiera haya sido capaz de tener a mi bebé naturalmente. La frustración me derrumbó. Sentí cómo la camilla me tragaba y me volvía a escupir. No tenía fuerzas, fue cuando escuché un "es por bien del bebé", una forma más de manipulación del personal médico, porque en mi caso no había ningún signo de sufrimiento fetal.
En ese momento totalmente indefensa por supuesto lo único que hacía era caso. Así nos reducen a las madres, dejamos de ser protagonistas de nuestros propios partos y ser objetos que solo observan con miedo. De acuerdo con El País, casi la mitad de los nacimientos en el país son programados por cesárea cuando la OMS recomienda que como máximo debe ser entre 10% y el 15%.
Llegamos a la sala de cirugía y una enfermera muy poco empática no quería dejar entrar al papá de mi bebé, porque supuestamente era de emergencia. Finalmente llegó mi obstetra, intervino y lo dejaron entrar sin problema. Por un lado, la obstetra mencionó que ella había hecho ese procedimiento mil veces y nunca habían puesto problema, y de otro lado, en mi plan de parto estaba escrito y aprobado.
Me sentaron en la camilla y el anestesiólogo me dice: "mamita, necesito que se agache más porque con tantos kilos es más difícil ponerle la anestesia". Otra perla que me seguía llenando de temor y de tristeza profunda. De por sí ya es fuerte estar completamente desnuda con un montón de desconocidos, a eso se le suma la humillación de pensar en estos tratos recibidos en un momento en el que lo único que debería importar es la felicidad por la llegada de un bebé.
Finalmente nació mi hijo y fue el momento más mágico que he experimentado hasta hoy, pero eso merece un post aparte.
La Gota No Derramada...
Apenas me pasaron a la sala de recuperación con mi bebé en brazos y mientras esperaba que se me despertaran las piernas. Una enfermera mayor me preguntó si ya le había dado teta al bebé. Yo ya había intentado ponerlo y sentía que succionaba pero claramente no me salía por montones. Cuando ella me vio, me amenazó diciendo que si no me salía leche, había que iniciarle fórmula de inmediato al bebé porque se le iba a bajar la glucosa. Otra amenaza, más miedo. Otra enfermera la escuchó, se me acercó, me dijo que estuviera tranquila, que lo intentara y que si veíamos que no salía mucha leche, le hacían una prueba al bebé para ver cómo iba la glucosa. Aunque entiendo que el objetivo era preservar la salud del bebé, hay maneras de decir las cosas, ¿no?
Durante el primer control neonatal, con el Director de la unidad, sucedió algo que me desencadenó una frustración absoluta. El "profesional" se quedó mirándome y me dice: "pero a usted sí le sale buena leche o es puro relleno", refiriéndose al tamaño de mis tetas. Eso me dolió profundamente porque ya había empezado a lidiar con lo que sería una lactancia frustrada. Otra cosa que no iba a ser capaz de hacer como las mujeres normales. Un profesional más con la empatía en el dedo pequeño del pie.
Palabras Finales...
Luego de escribir esto, no puedo evitar recordar con mucho dolor estas vivencias. He llegado a la conclusión de que viví mi embarazo llena de miedo, que no basta tener un plan de salud pago, porque al final somos números y procedimientos, lo que se traduce en dinero ganado o perdido.
Solo me resta enviar un abrazo virtual a todas las mujeres que han pasado por situaciones similares. Además de hacer una invitación a otras que están pensando en tener hijos para que se asesoren y conozcan sus derechos y deberes como pacientes gestantes, para que no se dejen atemorizar y para que no les roben sus partos, porque hoy en día, algo tan mágico parece ser de todos, menos de las madres.


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